Zequi dice:

No se vayan sin dejar sus comentarios o los atormentaré...

domingo, 15 de junio de 2014

EL ÍNCUBO





Casi se traga el chicle. No solo eso. Le saltaron las lágrimas, mas que por el ahogamiento por su onda desilusión. Su corazón se había roto. Y eso era tan grave como podía sonar para una niña de 17 años. Allá estaba el objeto de su deseo rodeado de los demás chicos populares del barrio privado. Su piel era el mármol de la adolescencia, sus rasgos, de niño.

– ¿Estás segura? – Deseaba... no. Mas bien necesitaba, en aquel momento, cualquier signo de duda de su amiga. Aunque sea un pequeño gesto que le diera alguna esperanza. La mas mínima dubitación seria una gota de agua en el infierno, pero se conformaba con ello. Así de serio era para ella.
– Si – sentenció – aunque, por la expresión de sus ojos sintió haberla ejecutado sin piedad luego de haber lanzado la respuesta.

Treinta y nueve años parecía en aquel momento una edad enorme para la adolescente, inalcanzable. ¿Cómo haría ella para interesarle a un hombre que ya había vivido, según ella, según lo que le decía su cabeza, “todo”?. Y por cierto, ¿como podía ser que tuviera esa edad y aun conservara esa cara?
Por injusto que pareciera su padre no aceptaría que el niño maravilla del que le hablara su hija, perdidamente enamorada, fuera, en realidad, un “señor” maravilla. Eso aun si ella pudiera pasar por alto el hecho y aun mas: si lograba interesarlo en ella.
Tenia la costumbre de mirar el suelo con la mano colgando desde el borde de su cama las noches que se encontraba contrariada. Esa noche, por supuesto, no pudo dormir. Dejó un pequeño charco de lágrimas junto a sus pantuflas rosas que tenían la forma de dos gatitos. Y cuando se disipó un poco la niebla de sus lágrimas y las vió se sintió tan ridícula que largó otra andanada de llanto silencioso.
Al otro día ya había decidido que no le importaba la edad. Iba a hacer lo que sea para estar con él. Lo había soñado cada noche los pasados dos meses desde que lo vio. Cada noche se le aparecía desnudo en su cuarto, con el cuerpo perfecto que ella le viera una tarde en la piscina. Los detalles de los sueños se le hacían borrosos pero de lo que si estaba segura era de que en ese mundo onírico él la amaba. Y ella se encargaría de que eso se hiciera realidad.
Por la tarde volvían con su familia de la iglesia. El estaba en su patio tomando algo de sol sobre su piel blanca y brillante. No pudo dejar de clavarle los ojos verdes al joven y por un segundo el también la miro y ella podría haber jurado que hasta le sonrió con complicidad. Entonces recordó que estaba enamorada de alguien con quien nunca había hablado. Entonces, ¿por qué esa sonrisa? Aquellos encuentros nocturnos eran un sueño ¿verdad? ¡Claro! Ella no tiene un castillo y jamas duerme sin ropa. Estaba casi segura. Casi.
Pero esa misma noche se decidió a pasar a la acción. Haría de su sueño una realidad y sorprendería a su amor. Se puso la ropa mas provocativa que encontró. Si es que eso podía llamarse ropa. Y se coló hasta su patio. Esperó a que apareciera y no pudiera evitar caer rendido a sus pies. Y apareció. La miró sin una pizca de sorpresa.

– ¿Que haces aquí, niña? – “Niña”. Esa única palabra la confundió completamente. ¿Era un nombre amoroso que el le diría a su pareja? ¿O realmente la veía como una niña? – ¿Pasó algo en tu casa? ¿Necesitas ayuda? Estás en pijama…

Sintiéndose completamente humillada e ignorada habló con el joven con un hilo de voz mientras se retiraba por el mismo lugar que había entrado diciéndole: “No, no es nada...”.
Llegó a su casa solo para llorar por otra noche completa. A la mañana siguiente se fingió enferma para quedarse en casa e investigar. “Cómo atrapar a un soltero”, “10 cosas que no debes hacer delante de un hombre”, “Pensamiento masculino para principiantes”. Todo libro que hubiera leído su tía solterona de 50 años eran útiles para dilucidar como debía comportarse a fin de que el la considerara una mujer en vez de una niña.
Comenzó a vestirse más y a provocar menos. Colores mas clásicos reemplazaron al rosa y el celeste que le daban un aspecto casi bréfido. Dejó de ponerse brillo labial para pasar a tonos claros pero maduros de rouge.
Cuando finalmente pudo decir que el se había percatado de su existencia se acercó casi inocentemente en un asado vecinal.

– ¿Te acordás de la otra noche? – fue algo inesperado para ella que el recordara esa noche. Pensó que tendría la oportunidad de empezar de cero. Pero ante la inexpresividad de la chica presa de la sorpresa el prosiguió – que lastima que ya no te vestís así. Es lindo encontrarse algo tan lindo inesperadamente.

Ella creyó entender lo que le quería decir. Por eso se fue sonriéndole, caminando hacia atrás como la niña que realmente era. Al fin llegó la tan ansiada noche para ella: esa noche. En la que se volvió a vestir con aquellas pequeñas prendas de adolescente y se deslizó a la casa de su amado. El la esperaba en la misma reposera en la que ella pretendió sorprenderlo la ultima vez. Se acercó contoneando lo mas que pudo hasta estar casi encima de el. En ese momento los ojos de el empezaron a mostrar una pupilas verticales propias de una serpiente en un iris rojo como el color de la rosa que tenia en la mano para ella. Se sorprendió de no estar aterrada cuando el se paró para entregarle la flor. Pero tampoco podía moverse. Un temblor sacudió la tierra mientras un poste se erguía detrás de ella. Garras largas de cristal fueron mostradas desde los dedos de su amor quien la tomó de la cadera con una sola mano como quien toma una maleta y la coloco a lo largo del poste para clavarle manos y pies a este con esos trozos traslucidos que salían de sus manos. Las quebraba para dejarlas empotradas en el mástil y volvían a crecer, persistentes como la muerte. Así quedó fija y el arrancó el poste de piedra y se lo puso al hombro para llevarla por la escalera oscura que ahora ocupaba el lugar de su piscina. La llevó por enormes corredores espaciosos como iglesias enteras con antorchas que mas que luz, parecían contribuir solo con humo al ambiente. Y ojos rojos mirando desde la oscuridad. Tantos ojos rojos como debiera tener el infierno si existiera. Lejos se adivinaba una reunión mas iluminada. Una eternidad de segundos en los que ella le miraba a los angelicales rasgos buscando una pizca de compasión para con ella, fueron necesarios para llegar. Hasta que arribaron y el clavó nuevamente el poste en el suelo.

– Aquí viene mi preferido.
– Su Majestad...
– Veo que traes un regalo.

“Su Majestad” era un enorme hombre que estaba sentado en un trono de mármol. Su belleza era innegable, mas también oscura. Piel del mismo color blanco que el de su propio trono, ojos rojos enmarcados por largas pestañas renegridas y arqueadas, perfección en cada detalle de su cuerpo y rizos dorados que hacían palidecer cualquier comparación con el oro. Debajo de sus manos garras de cristal terminaban sus dedos.

– Es un poco vieja para sacarle la vida.
– Fíjese bien, Su Majestad, es una longeva. Podría vivir 120 años.

El precioso monstruo se dio vuelta a murmurar con una de las cortesanas que constantemente le masajeaban los brazos.

– Con ojos como esos podrías ser rey de los íncubos, Raijin. Tu habilidad es asombrosa. Incluso yo me siento ridículo ante ti. Ya te dije que el puesto es tuyo si lo quieres. Yo me quiero retirar. Bien, en todo caso uno, de mis súcubos puede tomar sus años.

Ella por alguna razón ya no tenia ánimos ni para llorar pero igual intentó defender su amor aún ardiente a pesar de la aterradora situación:

– A mi no me importa lo que seas. Yo no voy a decir nada solo quiero estar con vos. ¡Por favor no dejes que me lleven! ¡Te amo!

Estalló una carcajada colectiva que casi tira a todos al piso. Su “amor” su reía mirándola a los ojos con total desdén.
– ¡Por supuesto que me amas! Jajaja. ¿Para que otra cosa entré a tus sueños?

Al lado del trono hay una piscina en forma de tazón en el que flotan vivas chicas que parecen catatónicas. Reconoce a aquella que Su Majestad se lleva a la boca, su amiga. La muerde por la mitad mientras la mira a ella fijamente a los ojos.

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