Zequi dice:

No se vayan sin dejar sus comentarios o los atormentaré...

lunes, 30 de junio de 2014

LIBRA




Caen ya fríos y sin haber peleado. Gritan con terror helado frente a la muerte a traición. Arriba del risco sus ejecutores preparan de nuevo sus arcos, inmutables como el granito, parecen nunca haber sentido terror en sus días. “Fuego” vociferan los capitanes. Abajo todo es angustia y destrucción. Se levantan sus últimos alientos como la neblina que se alza al unisono del canto del invierno. Ojos que no han vivido, escudos que no han probado la batalla, ahora se desparraman, perforados. “Fuego”, una vez mas. Son diezmados con un ultimo silbido de los proyectiles. Luego, no hay festejo, ni grito de victoria. La bruma termina de cubrir a los que han sucumbido y el general levanta su mano. Ya está satisfecho de sangre. Le rechazan sus mismas entrañas la idea de derramar una sola gota mas. Por eso baja la cabeza y ordena la retirada.

Pero desde la retaguardia de los caídos proviene una silueta totalmente sombría, solo interrumpida por esos brillantes ojos amarillos. La niebla se arremolina a su alrededor y ahora los vencedores deben mirar. Se quedan petrificados, alienados, viendo a un solo hombre salir de entre los cuerpos martirizados. Su escudo muestra cinco flechas incrustadas. Pero no son las saetas romanas. No. Son tan antiguas que su madera se transformó en piedra hace eras. Una creciente certeza empieza a brotar de los corazones antes sosegados. “Libra” susurra un soldado tembloroso. Susurra como a oídos de toda la legión. Pero de susurro pasa a pregón, de soldado en soldado. “¡Libra, Libra!”.



– Libra no existe, soldados. Es solo un impostor explotando los miedos y supersticiones. Pero no lo hará por mucho mas tiempo. ¡Carguen!

– Señor. Lleva el Escudo de Justificación... - El soldado cree conocer la verdad pero su general no lo oye.

– ¡Fuego!


Esas flechas perforadoras son el arma secreta de esta legión. Hasta los propios escudos romanos pueden ser traspasados tres de diez veces por esas puntas implacables. Pero no el Escudo de Justificación. Una y otra vez rebotan como lluvia sobre un toldo. Pero, entonces, desaparece. Se desvanece como la sombra que era antes de que lo reconocieran. Justo después de que las flechas hubieran fracasado. Lo sigue un aullido de lobo. El gruñido de un macho alfa llamando a su jauría. Mas sombras pasan sutiles cerca del suelo. Algunos suspiran aliviados, otros se quedan temiendo el regreso.

El general ordena la marcha. Muchas rodillas antes firmes se vuelven temblorosas. Repiten su mito entre ellos: “Dicen que es inmortal”, “Dicen que tiene un ejercito de lobos”, “Dicen que mata el mismo numero de enemigos que bajas en el ejercito que lo convoca”. Esta ultima voz parece clavarse mas que el resto en el valor de los soldados. Por que se trata del capitán del escuadrón “Cerberos”, griegos ellos. Todos del mismo pueblo conquistado mediante tratado por Roma. Se dice que son descendientes de los mirmidones. Invencibles en combate. Pero si él le teme a Libra, realmente hay mucho de que preocuparse.

El ejercito marcha astillando el atardecer y su general está lejos de mostrar la exultacia de la victoria. Se engaña pensando en la gloria de Roma, la divinidad del Kaesser, el deber. Pero nada le brindará sosiego por haber traicionado con vileza a sus aliados bárbaros. Si, bárbaros. Solo por eso el Kaesser no podía dejar que tomaran parte en la victoria de Roma. No podían llevarse la gloria, ni una pequeña parte. Y el, ahora, le había devuelto la gloria al Imperio. Pero otra voz le gritaba “traidor”. La voz de la verdad quizás.

Llega la luna para poner su pupila sobre el campamento. Una sombra velluda emerge desde la arboleda. Debajo de esa piel de lobo la armadura se adivina plateada a la luz de las estrellas. Su espada es larga como el grito de las víctimas. Vuelven a gritar, pero esta vez se llenan de terror: “¡Libra!”. Las loricas no detienen sus estocadas y los gladius son cortados por la mitad. A su paso son despedidos los despojos de los que caen en derrota. Y detrás de él vienen los lobos. Arrasan con quien quiera que haya sobrevivido y se esparcen por el campamento devorando a los hombres. Los sacan de sus loricas como quien pela un mejillón. Luego no dejan nada de ellos.

El general pelea. No logra matar a los lobos pero les da pelea mientras los héroes del Cerberos mueren tratando de protegerlo. Forman a su alrededor y resisten, resisten hasta casi la mañana.

Solo quedan el y el jefe de escuadrón. Este ultimo ha sido víctima de las garras férreas de las bestias. Pero ya hace un rato que su ataque ha disminuido. Solo rondan con sus corazas de piedra labrada por que ya se les hace inminente la muerte de ambos hombres. Una cortina de sangre pinta las grebas del descendiente de los mirmidones. Su espada, ya no puede sostenerla. Por eso cae solo. Se desploma al lado de su general. Y este lo toma en sus brazos. Lo ve morir.


– Se terminó – detrás de Libra los lobos asienten – ¿que se siente sufrir la deshonra de la derrota? ¿No te gustaría haber desobedecido al Kaesser?

– Es mi Kaesser. Por él y por la gloria de Roma soy capaz de sufrir cualquier deshonra.

– Conocí a un rey sabio que decía: “No cifren su confianza en nobles, ni en el hijo del hombre terrestre, a quien no pertenece salvación alguna”. Pronto te vas a dar cuenta.



Se da vuelta y desaparece entre la bruma una vez mas. El general ensilla inmediatamente y cabalga. Va a Roma. Pero está agotado de la batalla, la batalla inútil, que dejó sus dedos pelados porque cada estocada que dió, la dió como la ultima. Ya casi no soporta el roce de las riendas, pero sigue. Sigue todo un día hasta una posada. Esta cerca de Roma ahora. Otro amanecer de camino quizás. Pero la razón se impone. No sobrevivirá otro día.

Al entrar, el posadero reconoce la armadura:


– Mi señor, ¿que puedo hacer por mi señor?

– Agua por favor... y debo pasar la noche...

– Puede tomar mi propia cama, señor y si necesita algo mas, cualquier cosa, para un servidor de Roma será sin cargo.



“Servidor de roma”. Susurra con desdén el general. Le parece una cruel broma aquella frase otrora llena de ideales para él. El judío no tiene que pedirle demasiadas explicaciones esta noche para que le cuente todo lo que ha sucedido. Solo una simple pregunta como: “¿Ha sido emboscado, mi señor?” quiebra al pétreo legionario:



– El Kaesser me ordenó acabar con unos aliados. Me lo ordenó por que no quería compartir la gloria de Roma. Estos aliados habían forjado flechas que doblegaban nuestros escudos. Por eso nos aliamos, nos ganamos su confianza y les dimos parte del despojo de la ultima batalla contra los galos, en la que ellos pelearon codo a codo con nosotros. Los hicimos sentirse romanos. Pero ayer cuando estábamos acampando en su población, recogimos las flechas que nos forjaron, y robamos las de ellos. Luego nos posicionamos sobre ellos, al amparo de la noche. Y los matamos con sus propias flechas a todos. Hombres mujeres y niños. Pocos soldados lograron salir al combate y no resistieron la lluvia de flechas. Pero al irnos apareció un guerrero legendario. Uno que llaman Libra. Y asesinó a toda la legión. Solo quedé yo. Comprenderás la ironía de recibir tu hospitalidad, judío, como un servidor de Roma. Soy el deshonor de Roma. Ahora voy a Roma y seguramente el Kaesser me ejecutará. Pero es lo menos que puedo hacer...



No puede evitar dormirse y soñar con los gritos de los bárbaros, los gritos de sus hombres, los ojos amarillos. Se despierta al amanecer y sigue su rumbo, no sin antes pagar la posada. Hacia Roma. Otro día de camino que se hace eterno por las heridas. Pero ya casi llega. Es de noche. Y llega a divisar un columna de humo que no se debe a la iluminación ni a los cristianos ejecutados. Una espesa y colosal nube de humo. Ahora puede sacar fuerzas del mismísimo Hades al que se dirige y cabalga mas rápido. Se apresura como una madre que dejó a sus cachorros. Llega y salta del caballo para ver a su emperador con una antorcha en la mano. Los pretorianos lo secundan con sendas lumbres. Cayó mal del caballo y se desespera hacia su Kaesser arrastrándose frenético. “¡Kaesser, Kaesser!” aúlla. Nerón solo se da vuelta para verlo con indiferencia. Luego con ojos de demencia le habla: “He hecho de Roma un fénix, Primo. ¡El emperador que hizo a Roma un fénix!”. Luego se ríe histérico y depravado. Allá donde la colina se junta con el humo los ojos amarillos lo saludan: “¿No sabías que quien me convoca pierde la razón, Primo?”

domingo, 22 de junio de 2014

EL OJO DE LA CORRUPCIÓN




Llegaba tarde a su trabajo. Hacía solo una semana Sergio le fue llamando la atención acerca de las llegadas tarde. Desde aquel entonces se había dado cuenta que podía pasar algo que nunca se planteó: podía perder el trabajo que mantenía hacia 12 años. Aún con su amigo como supervisor, eso era una posibilidad. Jamás reparaba, antes de eso, en el hecho de que su falta de responsabilidad había sido un carga para el resto. Pensaba que era el alma de la fiesta. Pero ahora se daba cuenta de que los demás no se divertían mas. Estaban fastidiosos de tener que cubrirlo, y hasta a veces hacer lo que el no hacía. “Pero a partir de hoy será diferente” se repetía. Si, haría lo que fuera para mantener su empleo y demostrar que podía ser mas que una carga.

Atravesó la ultima cuadra sin querer mirar el reloj. En otros tiempos se hubiera detenido a flirtear con la recepcionista, pero no esta vez. Pasó volando hasta la computadora para marcar llegada. Antes de ficharse, miró su reloj, mientras las manos le temblaban. Las 9:00. Suspiró aliviado mientras ingresaba a la computadora su contraseña. Pero algo pasa. La maquina lo bloquea. Miró desesperado cada rincón de esa pantalla para encontrar el motivo de la falla. Allí, en el margen superior derecho, se hallaba la respuesta. Como una sentencia parpadeaba sin detenerse la hora del aparato: 11:00. Buscó a su supervisor con algún dejo de esperanza. Cuando lo encontró se le tiró al cuello.

– ¡Gracias a Dios que te encuentro! La maquina anda mal, no me deja fichar. Tiene la hora adelantada. ¿No me la arreglas?

– El gerente quiere hablar con vos, Mario.

– ¿Qué? ¿Por qué?

– No esta adelantado el reloj. Llegas dos horas tarde. Ya no te puedo cubrir mas.

Entonces recordó su cita con Melanie, su amiguita canadiense. Atrasó su reloj dos horas para no olvidar su encuentro virtual con ella. Y también olvidó volver a adelantarlo. De nada servirían aquel día los ruegos al gerente ni el explicar el por qué del error. Se había quedado sin trabajo. Sin mas.



No se le hizo fácil conseguir su primera entrevista laboral. Después de estar sin trabajo 3 meses, lo llamaron para entrevistarse como “data entry”. Un puesto muy inferior al que había desarrollado en su trabajo anterior. Era un hombre sumamente culto, un gran lector, su redacción era impecable. Pero aun así a nadie le interesaría si era apto para el trabajo. Porque nada de eso servía si no tenia un titulo secundario. Ni siquiera su simpatía y agudo e inteligente sentido del humor eran rivales para la antipatía y la burocracia.

Pasaba los días leyendo mas de la cuenta. Semanas de vacaciones de invierno. Nadie llamaría. Por eso los temas científicos eran los mejores para estudiar en esos. O de alguna manera se convenció que eso era pura lógica. Ya no sentía la necesidad de afeitarse y apenas se bañaba ¿Para que? Pero algo inesperado: empezaba a recordar todo lo que leía. No solo eso. Por alguna razón podía ver un patrón en todo, algo así como la conexión entre cada uno de los tomos de ciencia ficción y los de medicina. Le quemaba en los ojos cada palabra como si las gustara y supieran a pimienta. Creyó que se estaba volviendo loco. Pero no podría parar, hasta esa tarde de noviembre en la que llovía. Sonó el teléfono. Dudó en atender pensando que, quizás, seria el dueño del departamento. Pero unas ganas lo impulsaron desde sus ojos. Como si fueran a estallar si no atendía, por que casi podía ver el camino que había recorrido la llamada.

– ¿Hola?

– Lo llamamos desde el Banco de la Nación... – Era la llamada que había estado esperando– disculpe... ¿usted se había postulado para gerente o cajero?

Había ya pensado como mentir sobre el titulo secundario pero, ¿podría hacerse pasar por un gerente? Por eternos instantes dudó de todo el plan. Pero sus ojos empezaron a quemarle de nuevo. Tenia el conocimiento que necesitaba, estaba allí, en su retina.

– Si... para gerente, señorita.

– Ah disculpe. Entonces lo espero mañana a las 11 en el banco ¿si? El gerente actual le va a hacer la entrevista. Por favor traiga su titulo universitario.

– Bu... bueno. Ahí estaré.

El corazón le latía con mas presurosidad que la que, según recordaba, le hubiera latido en toda la vida. Estaba aterrorizado. Su mente le decía que iría preso, de seguro. O seria humillado que, para el, era peor aun. Pero casi podía ver su plan funcionar. Como si fuera una alucinación. Una que no tenia forma de nada. Era una idea. Pero el la veía, casi palpable frente suyo. Así como veía la linea telefónica iluminada hasta el banco, allá a casi dos kilómetros. Si, la linea telefónica y la vecina que corta salchichas para mezclar con su arroz. No ve su cuerpo. Ve algo mas profundo. La persona real.

Al mirarse al espejo pudo ver su propia persona. Era una buena persona, pero veía una pequeña mancha. Esa mentira que acababa de decir se había colado en su interior y había dejado huella. Pequeña por ahora. No necesitaba mentir. Con estos ojos podía conseguir todo el dinero que necesitara y no necesitaba engañar o defraudar.

Una idea igual de fuerte se instaló en sus ojos. Seria un héroe. Podía vivir de ayudar a los demás. Se sentó ante el monitor para ver los datos. Porque ahora todo tenia sentido. Podía encontrar aquello que nadie encontraba. Y dos meses después ya era rico y famoso. El investigador mas renombrado del país. Con una aguda visión para encontrar. Pero no era el dinero lo que importaba. Era el reconocimiento lo que le inflaba el pecho y le reventaba las venas. Oír que la gente dijera que le debía la vida, o la de sus hijos, y de verdad verlo en su interior. Recibir medallas, llaves de ciudades. El respeto y las mujeres que se derretían con sus, antes insulsos para algunos, chistes de altura.

Estaba en aquel idilio hasta un misero viernes en el que llamó a la fiscalía para dar aviso de un robo de alto perfil que la policía necesitaba detener. Un vez fueron aprehendidos los delincuentes no sintió la gratitud. No la vio con sus ojos ahora plateados de poder. Había pasado su moda. Ahora lo daban por sentado. 

Pero tenia algo en mente. Mas bien enfrente de sus ojos. Un criminal que todos buscan y nadie encuentra: Javier Miliciano, acusado de atentados en los que murieron en conjunto 100 personas. Un desafío hasta para el, que a simple vista no lograba ubicarlo. Pero solo necesitaría un poco mas de concentración. Sentado frente a su ventana. Vigilando desde que amanecía hasta que anochecía. Con los ojos fijos en el horizonte, pero su visión recorriendo todas direcciones. Comparando almas con lo que sabía del criminal, escuchando y palpando con sus ojos. El primer día, derrotado, apenas con fuerzas para caminar hacia su cama y con las piernas entumecidas con los ojos llorosos de impotencia... en el ultimo vistazo vió algo. Alguien que lo observaba... un alma bastante corrupta le había puesto la mirada por un segundo... pero no volvió a encontrarlo y ya estaba demasiado agotado.

Esa noche la preocupación no fue que hubiera otro como el. La preocupación. No. La obsesión, era ganarse de nuevo el respeto y la admiración, la adoración de la gente. No volvería a ser nadie. No volvería a ser rechazado. Incluso dormido, con los ojos cerrados podía ver. Sus párpados no eran rivales para esos ojos. Tampoco una bóveda de acero lo sería.

Se sucedieron los días infructuosos y cansadores hasta que por fin tuvo la epifanía que necesitaba. Solo necesitaba un pieza de ADN para encontrarlo. Una pieza de su ser que le mostrara como era en realidad, como sabía su alma. Sentado desde su departamento en lo mas alto de la ciudad tenia el mundo a sus pies. Hasta podía ver aquella ampolla de sangre que la policía tenia guardada del sospechoso. Sonrió histéricamente al ver como su poder le daba lo que necesitaba. Ahora sería tan fácil. Una mirada solamente; y ahí estaba. Solo, en un agujero que no podía llamarse ni departamento o siquiera cueva. Se veía asustado e indefenso. Lo sobresaltaban los ruidos por inocentes que fueran y parecía tan mal dormido como él mismo. Pero no se condolió por eso. Para Mario solo era un insecto que debía aplastar para obtener adoración. Pero aún algo lo hizo dudar. No había máculas en su alma. Era inocente. Ningún recuerdo de los atentados, ninguna culpa. Eso sí lo hizo dubitar de llamar a las autoridades. Pero ese no era el plan. Llamaría y se aseguraría de que tuviera un juicio justo. Ni el se lo creía, pero fué argumento suficiente para terminar llamando.

Una vez el chivo expiatorio estuvo rodeado por la policía intuyó que nada terminaría bien para el hombre. Estaba por escapar. Pero no estaba dispuesto a dejar que eso pasara. De alguna forma fue capaz de dispararle una gota de su voluntad. Una pizca de poder que decía: “Quédate quieto”. Lo dejó paralizado en medio de las armas largas. Y no esperaron a que se rindiera. Quedó tirado en el suelo con la mirada como fija en el vacío, pero no totalmente en el vacío. Para Mario fue como si lo mirara directamente. Nada lo conmueve a estas alturas. Se había desgañitado trabajando por esto. No dejaría que un pequeño detalle como el hecho de que el hombre era inocente lo molestara.

En su imponente sillón antiguo esperó el reconocimiento de la prensa y las víctimas. Pero al verlos llegando a la puerta de su edificio descubrió algo: no debía darles lo que querían. Ya habían preparado el atril para una conferencia de prensa en el suntuoso lobbie de su apart. Estaban ansiosos por hacerle preguntas y obtener respuestas. Pero el alimentaría su mito negándoselas. Y mientras pasaban los minutos y la espera se volvía larga podía ver crecer su figura en el corazón de las personas. Hasta que finalmente hizo a su mayordomo anunciar que no daría la conferencia. Entonces si. Pudo lamer con su mirada el impacto que provocaba en sus vidas. Llenándose de misterio y firme resolución de saber acerca mas de él.

Los meses pasaron y hasta el impacto y el misterio se fueron esfumando. Tenía que encontrar otra presa de alto perfil. Pero nadie llegaba al nivel necesario. Pero estaba aquello. Allí, guardado en un rincón de sus ojos, esa habilidad para obligar a los demás a que hicieran lo que él deseaba. Como con Javier.

Encontró un asesino mafioso de poca monta. Un tal Carmelo Horizonte. Nadie lo conocía pero pronto... “Toma esos explosivos … ¡todos!” decía la voz en la cabeza de Carmelo. Mientras se dirigía a la escuela con un bolso lleno de c4 tenia la mirada perdida pero podía dialogar con su titiritero. “Por favor, no me obligues. Por favor”.

Al otro día las primeras planas horrorizaban a la gente con la noticia. El hombre responsable del atentado estaba suelto. No por mucho tiempo. Un sola llamada a la fiscalía y pudo saborear, de nuevo, su mito en el corazón de la gente. Lo comenzaban a llamar a llamar “El Ojo”. Como si supieran. Se pasaba los días, ahora, como cuando era desempleado. Desaseado y cuasipostrado. Solo regodeándose es su fama. Solo pergeñando mas terroristas de su cosecha. Se sucedieron los atentados y su respuesta fue rápida.

Pero seguía molestándolo ese “rival”. Alguien con la “visión absoluta”, como la llamaba el. Otro. Cada vez se cruzaban más las miradas. Hasta que un día se puso a buscarlo. Había que cortarle las posibilidades de un ataque. Lo buscó semanas, adelgazando hasta quedarse casi en los huesos. Pero era esquivo. Solo lo cruzaba unas milésimas y luego lo perdía. Era como volar en una tormenta. Ya podía casi reconocerlo e imaginárselo. Tenía la mente sucia y era corrupto a mas no poder. Ese era su rival. Un día, que estuvo a punto de rendirse, decidió que era hora de afeitarse. Y sin proponérselo al levantar los ojos para ver su navaja, lo vió. Le sostuvo la mirada y entonces Mario aprovechó para lanzarle su ataque. Un rayo de voluntad que le susurraría al oído a su contraparte: “Muere”. Mientras ese ataque se acercaba por la espalda de su víctima sonrío porque ahora seria el único. Hasta que sintió el ataque entrar por su propia espalda. Reconoció su propia voluntad en ese venenoso coagulo de energía y entonces, se dio cuenta. Ya no se reconocía a si mismo. Había olvidado mirar los rostros de la gente para, en cambio, ver su alma. Pero también había olvidado su propio rostro. Y su alma estaba tan cambiada, tan oscura y podrida que no se vió a si mismo en el reflejo. Su mano temblorosa cumplió la orden que se había susurrado a si mismo en su mente: “Muere”. Se pasó el filo de su navaja por el cuello.



“El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. John Emerich Edward Dalberg-Acton (Lord Acton -1887-)









domingo, 15 de junio de 2014

EL ÍNCUBO





Casi se traga el chicle. No solo eso. Le saltaron las lágrimas, mas que por el ahogamiento por su onda desilusión. Su corazón se había roto. Y eso era tan grave como podía sonar para una niña de 17 años. Allá estaba el objeto de su deseo rodeado de los demás chicos populares del barrio privado. Su piel era el mármol de la adolescencia, sus rasgos, de niño.

– ¿Estás segura? – Deseaba... no. Mas bien necesitaba, en aquel momento, cualquier signo de duda de su amiga. Aunque sea un pequeño gesto que le diera alguna esperanza. La mas mínima dubitación seria una gota de agua en el infierno, pero se conformaba con ello. Así de serio era para ella.
– Si – sentenció – aunque, por la expresión de sus ojos sintió haberla ejecutado sin piedad luego de haber lanzado la respuesta.

Treinta y nueve años parecía en aquel momento una edad enorme para la adolescente, inalcanzable. ¿Cómo haría ella para interesarle a un hombre que ya había vivido, según ella, según lo que le decía su cabeza, “todo”?. Y por cierto, ¿como podía ser que tuviera esa edad y aun conservara esa cara?
Por injusto que pareciera su padre no aceptaría que el niño maravilla del que le hablara su hija, perdidamente enamorada, fuera, en realidad, un “señor” maravilla. Eso aun si ella pudiera pasar por alto el hecho y aun mas: si lograba interesarlo en ella.
Tenia la costumbre de mirar el suelo con la mano colgando desde el borde de su cama las noches que se encontraba contrariada. Esa noche, por supuesto, no pudo dormir. Dejó un pequeño charco de lágrimas junto a sus pantuflas rosas que tenían la forma de dos gatitos. Y cuando se disipó un poco la niebla de sus lágrimas y las vió se sintió tan ridícula que largó otra andanada de llanto silencioso.
Al otro día ya había decidido que no le importaba la edad. Iba a hacer lo que sea para estar con él. Lo había soñado cada noche los pasados dos meses desde que lo vio. Cada noche se le aparecía desnudo en su cuarto, con el cuerpo perfecto que ella le viera una tarde en la piscina. Los detalles de los sueños se le hacían borrosos pero de lo que si estaba segura era de que en ese mundo onírico él la amaba. Y ella se encargaría de que eso se hiciera realidad.
Por la tarde volvían con su familia de la iglesia. El estaba en su patio tomando algo de sol sobre su piel blanca y brillante. No pudo dejar de clavarle los ojos verdes al joven y por un segundo el también la miro y ella podría haber jurado que hasta le sonrió con complicidad. Entonces recordó que estaba enamorada de alguien con quien nunca había hablado. Entonces, ¿por qué esa sonrisa? Aquellos encuentros nocturnos eran un sueño ¿verdad? ¡Claro! Ella no tiene un castillo y jamas duerme sin ropa. Estaba casi segura. Casi.
Pero esa misma noche se decidió a pasar a la acción. Haría de su sueño una realidad y sorprendería a su amor. Se puso la ropa mas provocativa que encontró. Si es que eso podía llamarse ropa. Y se coló hasta su patio. Esperó a que apareciera y no pudiera evitar caer rendido a sus pies. Y apareció. La miró sin una pizca de sorpresa.

– ¿Que haces aquí, niña? – “Niña”. Esa única palabra la confundió completamente. ¿Era un nombre amoroso que el le diría a su pareja? ¿O realmente la veía como una niña? – ¿Pasó algo en tu casa? ¿Necesitas ayuda? Estás en pijama…

Sintiéndose completamente humillada e ignorada habló con el joven con un hilo de voz mientras se retiraba por el mismo lugar que había entrado diciéndole: “No, no es nada...”.
Llegó a su casa solo para llorar por otra noche completa. A la mañana siguiente se fingió enferma para quedarse en casa e investigar. “Cómo atrapar a un soltero”, “10 cosas que no debes hacer delante de un hombre”, “Pensamiento masculino para principiantes”. Todo libro que hubiera leído su tía solterona de 50 años eran útiles para dilucidar como debía comportarse a fin de que el la considerara una mujer en vez de una niña.
Comenzó a vestirse más y a provocar menos. Colores mas clásicos reemplazaron al rosa y el celeste que le daban un aspecto casi bréfido. Dejó de ponerse brillo labial para pasar a tonos claros pero maduros de rouge.
Cuando finalmente pudo decir que el se había percatado de su existencia se acercó casi inocentemente en un asado vecinal.

– ¿Te acordás de la otra noche? – fue algo inesperado para ella que el recordara esa noche. Pensó que tendría la oportunidad de empezar de cero. Pero ante la inexpresividad de la chica presa de la sorpresa el prosiguió – que lastima que ya no te vestís así. Es lindo encontrarse algo tan lindo inesperadamente.

Ella creyó entender lo que le quería decir. Por eso se fue sonriéndole, caminando hacia atrás como la niña que realmente era. Al fin llegó la tan ansiada noche para ella: esa noche. En la que se volvió a vestir con aquellas pequeñas prendas de adolescente y se deslizó a la casa de su amado. El la esperaba en la misma reposera en la que ella pretendió sorprenderlo la ultima vez. Se acercó contoneando lo mas que pudo hasta estar casi encima de el. En ese momento los ojos de el empezaron a mostrar una pupilas verticales propias de una serpiente en un iris rojo como el color de la rosa que tenia en la mano para ella. Se sorprendió de no estar aterrada cuando el se paró para entregarle la flor. Pero tampoco podía moverse. Un temblor sacudió la tierra mientras un poste se erguía detrás de ella. Garras largas de cristal fueron mostradas desde los dedos de su amor quien la tomó de la cadera con una sola mano como quien toma una maleta y la coloco a lo largo del poste para clavarle manos y pies a este con esos trozos traslucidos que salían de sus manos. Las quebraba para dejarlas empotradas en el mástil y volvían a crecer, persistentes como la muerte. Así quedó fija y el arrancó el poste de piedra y se lo puso al hombro para llevarla por la escalera oscura que ahora ocupaba el lugar de su piscina. La llevó por enormes corredores espaciosos como iglesias enteras con antorchas que mas que luz, parecían contribuir solo con humo al ambiente. Y ojos rojos mirando desde la oscuridad. Tantos ojos rojos como debiera tener el infierno si existiera. Lejos se adivinaba una reunión mas iluminada. Una eternidad de segundos en los que ella le miraba a los angelicales rasgos buscando una pizca de compasión para con ella, fueron necesarios para llegar. Hasta que arribaron y el clavó nuevamente el poste en el suelo.

– Aquí viene mi preferido.
– Su Majestad...
– Veo que traes un regalo.

“Su Majestad” era un enorme hombre que estaba sentado en un trono de mármol. Su belleza era innegable, mas también oscura. Piel del mismo color blanco que el de su propio trono, ojos rojos enmarcados por largas pestañas renegridas y arqueadas, perfección en cada detalle de su cuerpo y rizos dorados que hacían palidecer cualquier comparación con el oro. Debajo de sus manos garras de cristal terminaban sus dedos.

– Es un poco vieja para sacarle la vida.
– Fíjese bien, Su Majestad, es una longeva. Podría vivir 120 años.

El precioso monstruo se dio vuelta a murmurar con una de las cortesanas que constantemente le masajeaban los brazos.

– Con ojos como esos podrías ser rey de los íncubos, Raijin. Tu habilidad es asombrosa. Incluso yo me siento ridículo ante ti. Ya te dije que el puesto es tuyo si lo quieres. Yo me quiero retirar. Bien, en todo caso uno, de mis súcubos puede tomar sus años.

Ella por alguna razón ya no tenia ánimos ni para llorar pero igual intentó defender su amor aún ardiente a pesar de la aterradora situación:

– A mi no me importa lo que seas. Yo no voy a decir nada solo quiero estar con vos. ¡Por favor no dejes que me lleven! ¡Te amo!

Estalló una carcajada colectiva que casi tira a todos al piso. Su “amor” su reía mirándola a los ojos con total desdén.
– ¡Por supuesto que me amas! Jajaja. ¿Para que otra cosa entré a tus sueños?

Al lado del trono hay una piscina en forma de tazón en el que flotan vivas chicas que parecen catatónicas. Reconoce a aquella que Su Majestad se lleva a la boca, su amiga. La muerde por la mitad mientras la mira a ella fijamente a los ojos.

domingo, 8 de junio de 2014

UN HOMBRE ALADO


 
 
    Sus alas casi no sienten el peso de las cadenas. Son tibias y gentiles. Bipean y zigzagean al ritmo de su corazón. Pero lo atan. Lo atan sin dejarlo cautivo para volar alrededor de las figuras que llenan la habitación. Y sin embargo están ausentes, solo miran la cama. Las cadenas ancladas a la cama, las cadenas las sostiene ella, la niña vestida de blanco, de pronto tiene la cara de su madre, y la cara de su amor, la cara de sus hermanos...
“Si estoy muerto iré al cielo” se dice decidido. Emprende el desapego, que siente que le derrota cada fibra de sus sentimientos. Pero sube, decidido esperando, sin embargo, que las cadenas lo impidieran. Pero eso no sucede. Sube hasta ver estrellas en pleno día... nada. “Tal vez el cielo no existe. Pero ¿que tal el infierno?”.
Entonces, con la misma premura quemante, cae en picada hasta el suelo negro que solo es una pantalla oscura ahora. Es solo una niebla llena de raíces y huesos. Tampoco se ve ningún infierno. Ya está reseco y sabe que necesita algo, pero no recuerda que puede ser. Hasta que siente una mano en la suya. Es una mano amiga, conocida. La ilusión lo golpea en el pecho y se voltea endulzado y feliz. Es la niña de la cadena. “Pero... ¿como?” vuelve a mirar allá lejos la cama. Pero la niña sigue allí, sosteniendo la cadena al lado de las figuras oscuras. “¿Quien esta en esa cama?”. Su mano quedó encadenada igual que sus alas. Se siente cálida, como la piel de una esposa. Ahora quiere volver. Ahora prefiere estar en esa cama. Quiere que lo tomen de la mano y se rían de sus bromas. Porque no hay vida del otro lado, son todas mentiras. La cama está tan cerca que casi la puede tocar pero vuela a toda velocidad y apenas se acerca. Se detiene a lamentarse y no puede llorar, sigue reseco. Se acurruca como una oruga abandonada en el invierno. Frío y oscuro se vuelve mientras cede a la desesperación. “Si no viajas nunca vas a llegar”. Es cierto. Vuela y vuela, extraña la tierra en sus pies y la piel en sus manos. “Un día llegaré. Espérenme”.

lunes, 2 de junio de 2014

LA SOMBRA DEL GATO





Mientras los dos se sacudían sensuales entre las luces y la multitud, ella ya tenía decidida su próxima jugada. Se acercó mas a el y rozó sus labios con el aliento. Luego, sin dejar de mirarlo enfiló hacia la salida. Se hizo la sorprendida cuando lo vio salir detrás de ella.
    – ¿Te llevo?
    – No sé... ¿sos de fiar?
Terminaron besándose en el auto de el. “Ya la tengo”. Durante el viaje ella no dejó de rozar sus piernas con las de el, tratando de mantener el fuego encendido con una cara de libido que el detestaba por dentro pero sabia fingir muy bien que disfrutaba. Así, cuando llegaron a la puerta de la chica no tuvo que insistirle que subiera con ella. Un gato blanco los recibió maullando contra la indiferencia de ella. Ya estaba preparada para cumplir con sus fantasías. Pero las de él eran diferentes. Una vez que ella terminó de prender velas empezó a sacarse el mínimo vestido entre las sombras temblorosas que dejaban las pequeñas llamas. Pero ni eso tuvo tiempo de hacer. La golpeó y la ató a la cama. Y después de hacerle lo que quiso ella pensó que sus ojos se veían satisfechos. Pero el solo había ido a buscar un cuchillo a la cocina. Y cuando llegó, sin mediar palabra, lo hundió en su pecho. Así la dejó, con su cara de sorpresa sobre su cama y esa corriente roja que salia de su pecho. Al salir notó que se llevaba algo que no deseaba: el gato lo miraba desde entre sus piernas y estando afuera ya los dos, se sintió responsable por el... ¿Donde iría el pobre animalito si el no se hacia cargo?
A la mañana siguiente el gatito no había comido el atún. Si, en cambio, encontró el asesino la televisión prendida, algo que el no se acordaba de haber hecho. Era el informativo que casualmente ocupaba en el asesinato de una joven que fue violada por su asesino en su propia casa. Atención a la que el ya estaba acostumbrado por ciento y a la cual fue completamente insensible. Sin embargo se le puso la piel de gallina cuando la presentadora dijo: “Aquí esta el monstruo”  y prometió que la cámara de seguridad de la víctima había captado al asesino violador. Se pego a la tele esperando lo peor. Pálido y casi a punto de llorar como si de un niño se tratase. Lo que le devolvió el alma (si aun tuviera una) al cuerpo fue constatar la baja definición del vídeo y que por una de esas casualidades no había dado la cara nunca a la cámara. Todo por observar a ese gato tan ruidoso, gracias a el. Le sorprendió que los vecinos  entrevistados dijeran que vivía completamente sola. Supuso que nadie contaría al gato como compañía.
Se dispuso ahora a ser mas cuidadoso. Solo trataría con mujeres en su propia casa, donde podía controlar el ambiente. El césped del fondo podía levantarse con facilidad de forma prolija para  enterrar a cualquiera, pensó. Si aplanaba bien el terreno nadie notaria que había algo abajo. Y no pasó mucho tiempo en caer la primera víctima en las garras del adonis, atraída por su gentil trato y su cuerpo y pómulos perfectos. La enterró en el jardín de acuerdo al plan. Y así empezó una nueva etapa. De ver su trabajo en el noticiero vez tras vez, solo empezaron los informes de chicas desaparecidas.
Un día decidió que no quería mas este protocolo. Quería que la gente supiera que le pasaba a esas ninfómanas, que no eran chicas de su casa como los padres aseveraban, eran mujerzuelas que se acostaban todas las noches con extraños. Hoy seria la ultima que enterraba en el jardín, tenia que ser perfecto, puso velas para hacerla sentir lo que a sus ojos no era, una dama.
Cuando ella llego quiso saltarse la cena e ir directo a lo que le interesaba. Una pelirroja de piel tan blanca que ni las anaranjadas luces de la tupida población de velas lograba pintar de un color mas tibio. Luego de besarla para mostrarse interesado en el plan se excusó con su corriente cara de niño inocente y fue a buscar la barreta que usaba normalmente para atontar a sus conquistas. Pero al llegar la chica no estaba. Inmediatamente escuchó el azote de la puerta principal. Salio a buscarla, pero constató con desazón que no la volvería a ver. Incluso  intentó llamarla. Escuchó atentamente, con una cara psicótica y ojos desorbitados y ensombrecidos, por si sonaba el celular cerca de el. Pero nada...
Volvió derrotado a la casa. Se le pasaban mil cosas por la cabeza pero no se le ocurría lo que podría haber salido tan mal. Las sombras sobre el anaranjado tenue que le daban las velas a las paredes ya se le hacían conocidas de repente. ¿De donde saco la idea de las velas? No podía recordarlo pero no parecía algo suyo.
Una sombra que se ubicaba el en rabo de su ojo se movía diferente. El gato.
    – Yo le avisé – se escuchó de repente...– no, no mires al gato...  aquí.
Desde la sombra del gato salia una voz. Tan ronca que casi se doblaba sobre si misma. Mientras la sombra crecía y se deformaba hasta parecer mas un dios de la muerte que un gato, su propia cara de terror se volvía cada vez mas crispada sin adivinarse ya mas los rasgos que lo hacían irresistible a las mujeres. Sus párpados temblorosos y sus ojos inyectados de venas rojas palpitaban al ritmo de su evidente taquicardia, que le golpeaba de forma visible el pecho.
    – Te estuve siguiendo... no podía hacer nada para tocarte no pude evitar que te llevaras a  todas las chicas... era débil por que había poca luz.. hasta que se me ocurrió soplarte la idea de las velas al oído... si... muchas velas. Y tal vez sigo sin poder tocarte, pero a tu sombra...  ¡¡¡A tu sombra puedo hacerle lo que sea!!!
Intentó correr. Pero entonces se dio cuenta de que la sombra de la muñeca que le había heredado su madre sostenía a su propia sombra de las piernas. Luego los  demás objetos que producían sombra atraparon la suya también: los cuadros, las cortinas, las sillas. La sombra del cuchillo que pensaba usar en la pelirroja comenzó a alargarse de repente hasta que sintió que el acero se hundía en el pecho. Su sombra daba alaridos pero el no podía soplar las velas para terminar la pesadilla. Y cayó, mientras toda la casa se llevaba los pedazos de lo que quedaba de su sombra, pálido y sin vida en el suelo de aquella casa. El gato blanco todavía se proyectaba el la pared del comedor... el asesino por otra parte, no.

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